5.POSIBLES SALIDAS AL PROBLEMA
SOCIAL
UNA ETICA DEL DON, DE LA
GRATUIDAD
DESDE LA ENCICLICA CARITAS
EN VERITATIS.
A. QUE NOS PROPONEMOS
Reconocer la problemática social mundial como
un llamado a la conversión personal y social por tanto un reto político desde
la perspectiva del desarrollo profesional. .
B. EJES TEMATICOS
1. Panorama político
2. Problemática social
3. Crisis económica
4. Problema ético-moral y religioso
C. AMBIENTACION.
Hacer cineforo con el video “Destino
Colombia”
«Que vuestra caridad no sea una farsa:
aborreced lo malo y apegaos a lo bueno.
Como buenos hermanos, sed cariñosos
unos con otros, estimando a los
demás más que a uno mismo»
( Carta a los Romanos,12,9-10)
Introducción.
Sumamente
interesante y además importante que La Iglesia se pronuncie como lo ha hecho con la
encíclica “CARITAS IN VERITATE”. Es innegable que, para un sector de
cristianos, los pronunciamientos de Juan Pablo II igual a la postura del Papa
actual, no fueron lo impactante que necesitaba el mundo; aún más, hay quienes
piensan que fue una postura demasiado tímida y acomodada del lado de la
ideología del capitalismo[1]y
a las cuales se les puede atribuir el enfriamiento de un despertar social que
se dio en América Latina a raíz de los planteamientos de Juan XXIII y Papa Pablo VI por la década del sesenta. Pero
con sorpresa en este escrito el Papa Alemán advierte que: “el progreso sigue siendo aún un problema abierto, que se ha hecho más
agudo y perentorio por la crisis económico financiera que se está produciendo”,
precisamente es este momento histórico muy bien percibido y apropiado en el
documento, que se vive con angustia en el continente, pues allí hay, diríamos,
una lectura transparente de la realidad, cosa que no pasa en muchas encíclicas
ni en muchas miradas de jerarcas de la Iglesia.
Es
urgente que los cristianos leamos y releamos este documento, primero para
afianzarnos en la esperanza de que es posible la transformación de este mundo
injusto en manos de estados e ideologías inhumanas, pues allí hay un mensaje –
el del Espíritu Santo- que nos convoca; pero hay que leerla también porque esta
encíclica de Benedicto XVI, rescatando el impulso que nos dio Pablo VI, y que
reconoce con autenticidad cuando expresa: “ “Pasados otros veinte años más, manifiesto mi convicción de que la Populorum progressio
merece ser considerada como «la
Rerum novarum de la época contemporánea», que ilumina el
camino de la humanidad en vías de unificación” (No 8), nos demanda una acción, se acabó el tiempo de
las expectativas, es momento de desprender líneas de acción para nuestro
quehacer político y principalmente educativo. En ese ánimo quiero apostarle a
deducir una propuesta en la encíclica; se trata de la posibilidad de una ética
de la compasión para regir nuestro desarrollo personal y social. Tema que,
además de ser coincidente con los más recientes desarrollos del saber ético, es
una apuesta por una Iglesia independiente y líder.
1.
LIBERAR LA ÉTICA CON LA
VERDAD.
Y es que
tal como ocurre con las verdades explicitadas por las ciencias que muchas veces
son tergiversadas o acomodadas, un tanto ha sucedido con la ética, con los
valores, se la ha reducido en su connotación social, personal, política y se le
ha prostituido en mucho discurso[2].
Podría afirmar que la tesis central de la encíclica es la necesidad de
transparentar, desideologizar el núcleo central de toda ética, negar la
negación que la cultura hace de esta verdad: el hombre es capaz de abrir en
totalidad su corazón al otro;
efectivamente leemos en la encíclica: “… se pueden vivir relaciones
auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de
reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o
«después» de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o
antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque
es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente. No 29
Allí está
la clave para responder, ¿por qué si Dios está en tantos hombres de buen
corazón, por qué el mundo sigue como una
pelota de nieve echada a rodar hacia su perdición?, la clave está en la atadura
de su solidaridad, en la mutación de la caridad por parte de las organizaciones
sociales que se lucran y le corrompen su corazón haciendo ver al otro como un
cliente, como un consumidor, en fín como un competidor, y en casos extremos
como el blanco de su arma comprada a un gobierno que arenga la paz. Así se
entiende la puesta en escena de la encíclica:
Soy consciente de las desviaciones y la
pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el consiguiente
riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética vivida y, en cualquier
caso, de impedir su correcta valoración. En el ámbito social, jurídico,
cultural, político y económico, es decir, en los contextos más expuestos a
dicho peligro, se afirma fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar
las responsabilidades morales. De aquí la necesidad de unir no sólo la caridad
con la verdad, en el sentido señalado por San Pablo de la «veritas in caritate»
(Ef 4,15), sino también en el sentido, inverso y complementario, de «caritas in
veritate». Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de
la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a
la luz de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad,
iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad,
mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida
social. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y
cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de
ella, bien rechazándola. (No 2).
Tal como
es abordado el asunto (Cfr Nos 3-4) por
el Papa permite entenderlo también desde el enfoque de la relativización de los
valores, efectivamente la sociedad y la cultura actual distorsionan,
relativizan, coaptan y por tanto
pervierten el precio auténtico del valor
de la caridad, y lo llevan a conformarlo en algo inauténtico como es el caso de
los gobiernos que hacen aparecer como “caridad” lo que es “justo”, y este “lo
legal”, acostumbrándonos a ese “envoltorio
vacío que se rellena arbitrariamente” y matando en el hombre lo que lo hace
divino: la capacidad de amar sin medida.
Se hace urgente dar a los valores su justo sitio, su justa valoración y
de no, lo advierte claramente el Pontífice: “. El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre
los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la
conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente
humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es
posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y
humanizador. El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el
auténtico desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras
relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el
bien (cf. Rom. 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones
recíprocas de libertad y de responsabilidad.(No
9)
He ahí el
por qué la insistencia de meter en esa ética del mundo de hoy, esa imperiosa
lógica transformadora de la verdad:: Sin verdad, sin confianza y amor por lo
verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se
deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos
disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de
globalización, en momentos difíciles como los actuales”. “Sin la verdad, la caridad es relegada a un
ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y
procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el
diálogo entre saberes y operatividad ”
(No 5). Además y según esto la
caridad debe dejar de ser del ámbito de lo privado para constituirse en la médula
de lo público, es desde la caridad como base que se debe construir la sociedad,
no es un asunto para la vida intima o espiritual del ser. Y más relevante aún
es que prácticamente es la definición del derrotero de un programa de educación
entendido como formación[3]
en la solidaridad.
Otra
atadura, además del discurso, de la estrategia social y política de la que hay
que liberar la ética es de la ausencia de trascendencia en la concepción de
hombre que la sostiene. Y en varios numerales se insiste en la concepción
antropológica que hay detrás de la organización de la humanidad[4].
La cultura del mercado se sostiene sobre una visión plana del hombre como ser
que vive en lo espacio temporal y que consume olvidando que: “La vocación es
una llamada que requiere una respuesta libre y responsable. El desarrollo
humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos:
ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima
de la responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjados de
ilusiones» [38] basan siempre sus propias propuestas en la negación de la
dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su
disposición”. (No 17)
2.
CARACTERIZACION DE LA ÉTICA DEL DON.
Lejos del
tono teorizante y elucubrativo al que nos estaba acostumbrando con sus
intervenciones y encíclicas el Papa Benedicto XVI en un lenguaje pedagógico,
sencillo siembra a lo largo de la encíclica la tesis de la ética del don:
“La caridad va más allá de la justicia,
porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia,
la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud
de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en
primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los
demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es
extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la
justicia es «inseparable de la caridad» [1], intrínseca a ella. La justicia es
la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su «medida mínima» [2],
parte integrante de ese amor «con obras y según la verdad» (1 Jn 3,18), al que
nos exhorta el apóstol Juan.
34. La caridad en la verdad pone al hombre ante
la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas
maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la
existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. … (No 6), esto refiriéndose
exactamente a la actitud contraria que promueve la cultura consumista: la
autosuficiencia.
Cuando
uno se fía de la autosuficiencia, termina creando castillos de arena y en la
encíclica se plantea: “Creerse
autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha
inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas
inmanentes de bienestar material y de actuación social. Además, la exigencia de
la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter
moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de
manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han desembocado en
sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la
persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido
capaces de asegurar la justicia que prometían…. Al ser un don absolutamente
gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida como algo que no es debido, que
trasciende toda ley de justicia. Por su naturaleza, el don supera el mérito, su
norma es sobreabundar.
Ligando a la teología su tesis de la ética del don nos permite
comprender claramente la necesidad de darle vuelo de trascendencia a la
concepción del ser humano para poderle percibir íntegramente“…sólo el encuentro
con Dios permite no «ver siempre en el prójimo solamente al otro» [5. Deus
Caritas], sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir
verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del otro y
preocuparse por el otro» [6. De Deus Caritas]. ( No 11).
Centra el tema social desde la justa perspectiva de
la ética y de su elemento, tejiendo desde lo esencial: la conciencia su
propuesta, enfoque y dimensión del saber ético tan desconocido por los
dirigentes, los políticos y hasta los maestros, y cuando dice que: “El
riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres
y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el
intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la
caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir
objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El compartir
los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no se
asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia,
sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre
la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de
responsabilidad”. (No 9) nos lleva a
pensar en la malformación de la conciencia y en lo incipiente que es el
compromiso de la educación por una ética plena: “La caridad no excluye el saber, más bien lo exige, lo promueve y lo
anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente,
puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz
de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último,
ha de ser «sazonado» con la «sal» de la caridad. Sin el saber, el hacer es
ciego, y el saber es estéril sin el amor. En efecto, «el que está animado de
una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria,
para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con intrepidez» [75].
(No 30).
Mira la
compasión, la solidaridad no solo como una virtud moral que construya el ámbito
de lo personal; sino como la directriz para el ejercicio de la política. “La «ciudad del hombre» no se promueve sólo
con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad,
de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios
también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo
compromiso por la justicia en el mundo. Y mucho más adelante plantea algo
que considero debe ser tenido en cuenta especialmente por los educadores, por
los formadores: “Por tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria
que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de
todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones [65]. Y como ya lo había hecho Pablo VI en la
populorum, esta encíclica llama al nuevo orden mundial e internacional desde la
ética de la compasión: “Es importante destacar, además, que la vía solidaria
hacia el desarrollo de los países pobres puede ser un proyecto de solución de
la crisis global actual, como lo han intuido en los últimos tiempos hombres
políticos y responsables de instituciones internacionales. Apoyando a los
países económicamente pobres mediante planes de financiación inspirados en la
solidaridad, con el fin de que ellos mismos puedan satisfacer las necesidades
de bienes de consumo y desarrollo de los propios ciudadanos, no sólo se puede
producir un verdadero crecimiento económico, sino que se puede contribuir también
a sostener la capacidad productiva de los países ricos, que corre peligro de
quedar comprometida por la crisis”. (No 27).
Cual focos iluminadores, varios numerales de la
encíclica nos ayudan a entender el errado y reducido camino que hemos
transitado de evolución personal y social, hemos partido de un equivocado
concepto de persona e insistentemente nos pone de cara a él: “El ser humano
no es un átomo perdido en un universo casual [70], sino una criatura de Dios, a
quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que ha amado desde siempre. Si el
hombre fuera fruto sólo del azar o la necesidad, o si tuviera que reducir sus
aspiraciones al horizonte angosto de las situaciones en que vive, si todo fuera
únicamente historia y cultura, y el hombre no tuviera una naturaleza destinada
a transcenderse en una vida sobrenatural, podría hablarse de incremento o de
evolución, pero no de desarrollo. Cuando el Estado promueve, enseña, o incluso
impone formas de ateísmo práctico, priva a sus ciudadanos de la fuerza moral y
espiritual indispensable para comprometerse en el desarrollo humano integral y
les impide avanzar con renovado dinamismo en su compromiso en favor de una
respuesta humana más generosa al amor divino. (No 29). “….la propensión a considerar los
problemas y los fenómenos que tienen que ver con la vida interior sólo desde un
punto de vista psicológico, e incluso meramente neurológico. De esta manera, la
interioridad del hombre se vacía y el ser conscientes de la consistencia
ontológica del alma humana, con las profundidades que los Santos han sabido
sondear, se pierde progresivamente. El problema del desarrollo está
estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya
que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se
confunde con el bienestar emotivo” (No 76).
3. DESDE
LA ÉTICA DEL DON HACIA EL DESARROLLO INTEGRAL.
Una vez
que hallamos depurado y caracterizado la ética del don o de la misericordia,
desde ella se ha de deducir una moral de la caridad, de la solidaridad, de la
subsidariedad, de la responsabilidad, de la cooperación y para ello propongo
que tracemos cuatro compromisos de vida como cristianos, frente a los cuales de
primeras debemos estar los educadores, pues quierase o no la educación aparece
allí como actividad clave, el educador como líder social para que por la
mediación del Espíritu Santo llevemos adelante la soñada civilización del amor.
3.1 Globalizar la caridad.
Retomando
la propuesta de los gloriosos años sesenta en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI
como lo propone Benedicto XVI: “En la Encíclica Populorum
progressio, Pablo VI señaló que las causas del subdesarrollo no son
principalmente de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras dimensiones
del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad. Después, en
el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo. Por eso,
para alcanzar el desarrollo hacen falta «pensadores de reflexión profunda que
busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí
mismo» [51]. Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una causa más
importante aún que la falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad entre
los hombres y entre los pueblos» [52]. Esta fraternidad, ¿podrán lograrla
alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más globalizada nos
hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de
aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica
entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación
transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado
mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo VI, presentando los
diversos niveles del proceso de desarrollo del hombre, puso en lo más alto,
después de haber mencionado la fe, «la unidad de la caridad de Cristo, que nos
llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de
todos los hombres» [53]. (No 19).
Concientes de que la globalización, no el
globalismo, es algo irreversible,
subamos a ese bus, pero con una mentalidad distinta. “Sin embargo, sin la guía de la caridad en la
verdad, este impulso planetario (el de
la globalización) puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora
desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana. Por eso, la caridad y la
verdad nos plantean un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy vasto y
complejo. Se trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y orientar
estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa
«civilización del amor», de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y
en cada cultura. (No 33). Y no puede ser de otra manera para el cristiano,
pues además de ser una tarea por décadas aplazada; solo desde su compromiso
social podrá transformar el mundo globalizado en un mundo global: “Tras el
derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los países comunistas de
Europa Oriental y el fin de los llamados «bloques contrapuestos», hubiera sido
necesario un replanteamiento total del desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II,
quien en 1987 indicó que la existencia de estos «bloques» era una de las
principales causas del subdesarrollo [57], pues la política sustraía recursos a
la economía y a la cultura, y la ideología inhibía la libertad. En 1991,
después de los acontecimientos de 1989, pidió también que el fin de los bloques
se correspondiera con un nuevo modo de proyectar globalmente el desarrollo, no
sólo en aquellos países, sino también en Occidente y en las partes del mundo
que se estaban desarrollando [58]. Esto ha ocurrido sólo en parte, y sigue
siendo un deber llevarlo a cabo, tal vez aprovechando precisamente las medidas
necesarias para superar los problemas económicos actuales.( No 23)
Casi en el mismo nivel de atrevimiento quizas
urguidos por la misma angustia, se da la propuesta de una ética de la
contracultura, similar a la actitud de Pablo VI cuando de algún modo
deslegitima la moralidad del robo del extremadamente pobre y necesitado, aquí
se le exige al intocable mundo de lo mercantil que entre en la lógica de la
ética y de la misericordia: “El gran desafío que tenemos, planteado por las
dificultades del desarrollo en este tiempo de globalización y agravado por la
crisis económico-financiera actual, es mostrar, tanto en el orden de las ideas
como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los
principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la
honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el
principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad,
pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una
exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica
misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.( No 36).
Prácticamente en este numeral queda definida la
consigna del actuar cristiano para los años que vienen en perspectiva de la
ética de la compasión, del don y de la gratuidad incubado en los reacios
ámbitos económico y político: “La victoria sobre el subdesarrollo requiere
actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o
en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público,
sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de
actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión.
El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las
formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad
civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la
gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley.
Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas
abiertas al don recíproco. (No 39).
3.2. Solidarizar las relaciones
internacionales.
Aparejada con esa línea de acción de globalizar los
valores éticos se impone un actuar político de veeduría sobre los gobiernos y
sobre los estados, un hacer presencia en el foro internacional en donde se
define la ruta del mundo “Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca
de subrayar la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social
para la economía de mercado, no sólo porque está dentro de un contexto social y
político más amplio, sino también por la trama de relaciones en que se
desenvuelve. En efecto, si el mercado se rige únicamente por el principio de la
equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir
la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas
internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir
plenamente su propia función económica (No 35). Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza
es algo realmente grave.
En la encíclica se acerca a comprender la
íntima relación entre la existencia de la pobreza y la presencia de la riqueza,
que mal combatía el socialismo ruso con la violencia. De hecho los pobres no
están aislados de los ricos, los miserables estarán en la tierra como producto
de la usura, la avaricia la codicia del corazón de muchos que prefieren verter
la leche en las alcantarillas para no desequilibrar el sistema de pagos, de
aquellos que tienen un cuarto para la mascota, mientras los miserables se
apiñan en un solo cuarto del tugurio: “Pablo
VI subraya oportunamente en la
Populorum progressio que el sistema económico mismo se habría
aventajado con la práctica generalizada de la justicia, pues los primeros
beneficiarios del desarrollo de los países pobres hubieran sido los países
ricos [90]. No se trata sólo de
remediar el mal funcionamiento con las ayudas. No se debe considerar a los
pobres como un «fardo» [91], sino como una riqueza incluso desde el punto de
vista estrictamente económico. No obstante, se ha de considerar equivocada la
visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad
estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor.
Y esto nos remite a comprender que el asunto principalmente es un asunto de
formación o de lo que actual y miopemente llamamos educación, y sensiblemente
nos toca aquellos que por destino tenemos el encargo de formar los hijos de la
clase pudiente, de la gente que pronto estará en el poder. Está claro que de no
asumir la formación de la conciencia en línea del valor de la misericordia,
única salida que nos queda, tendremos que decir como le decían los socialistas
al Papa Leon XIII si no lo hacemos nosotros a nuestra manera, la violencia del
hambre y de la miseria lo hará a su manera.
Y el reto no es opcional, es una demanda
definitiva, reviste el carácter de deshacer un nudo corredizo que hemos hecho
en nuestras gargantas: hemos abusado de los recuros y el hambre afectara tanto
a unos como a otros, y de eso es conciente el documento: “El hambre no
depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos
sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional. Es decir,
falta un sistema de instituciones económicas capaces, tanto de asegurar que se
tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y adecuada desde el punto
de vista nutricional, como de afrontar las exigencias relacionadas con las
necesidades primarias y con las emergencias de crisis alimentarias reales,
provocadas por causas naturales o por la irresponsabilidad política nacional e
internacional. El problema de la inseguridad alimentaria debe ser planteado en
una perspectiva de largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo
provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante
inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego, transportes,
organización de los mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas
apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo los recursos humanos, naturales
y socio-económicos, que se puedan obtener preferiblemente en el propio lugar,
para asegurar así también su sostenibilidad a largo plazo” ( No 27).
La
perentoria austeridad se une a la misericordia, en los niveles de la moral
personal y de la ética comunitaria y abre los tiempos del espíritu: “…es necesario que en el mercado
se dé cabida a actividades económicas de sujetos que optan libremente por
ejercer su gestión movidos por principios distintos al del mero beneficio, sin
renunciar por ello a producir valor económico. Muchos planteamientos económicos
provenientes de iniciativas religiosas y laicas demuestran que esto es
realmente posible” (no 37). “….los
estados económicamente más desarrollados harán lo posible por destinar mayores
porcentajes de su producto interior bruto para ayudas al desarrollo, respetando
los compromisos que se han tomado sobre este punto en el ámbito de la comunidad
internacional. Lo podrán hacer también revisando sus políticas internas de
asistencia y de solidaridad social, aplicando a ellas el principio de
subsidiaridad y creando sistemas de seguridad social más integrados, con la
participación activa de las personas y de la sociedad civil. De esta manera, es
posible también mejorar los servicios sociales y asistenciales y, al mismo
tiempo, ahorrar recursos, eliminando derroches y rentas abusivas, para
destinarlos a la solidaridad internacional. Un sistema de solidaridad social
más participativo y orgánico, menos burocratizado pero no por ello menos
coordinado, podría revitalizar muchas energías hoy adormecidas en favor también
de la solidaridad entre los pueblos. No 60.
3.3.
Redefinir el desarrollo
Estamos de acuerdo con que: “Pablo VI tenía una
visión articulada del desarrollo. Con el término «desarrollo» quiso indicar
ante todo el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las
enfermedades endémicas y el analfabetismo. Desde el punto de vista económico,
eso significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en el
proceso económico internacional; desde el punto de vista social, su evolución
hacia sociedades solidarias y con buen nivel de formación; desde el punto de
vista político, la consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar
libertad y paz…. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y
sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear
pobreza. El desarrollo económico que Pablo VI deseaba era el que produjera un
crecimiento real, extensible a todos y concretamente sostenible. Es verdad que
el desarrollo ha sido y sigue siendo un factor positivo que ha sacado de la
miseria a miles de millones de personas y que, últimamente, ha dado a muchos
países la posibilidad de participar efectivamente en la política internacional.
Sin embargo, se ha de reconocer que el desarrollo económico mismo ha estado, y
lo está aún, aquejado por desviaciones y problemas dramáticos, que la crisis
actual ha puesto todavía más de manifiesto. (No 21). En la profunda
convicción de que algo perdimos, y que nos urge retomar minuciosamente los
documentos de Pablo VI, considero que no
se puede seguir perdido en concepciones miopes de desarrollo, pues hay muchas
que lo que hacen es confundirnos en nuestras compresiones y acciones. Precisamente la encíclica nos abre los ojos a ese pseudos-desarrollo
que proviene de la confianza ciega en la ciencia y la tecnología y del cual no
se puede esperar lo mejor. “El desarrollo
tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando
el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo
impulsan a actuar. Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la
creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede
entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los
límites inherentes a las cosas. El proceso de globalización podría sustituir
las ideologías por la técnica [152], transformándose ella misma en un poder
ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada
dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la
verdad. En ese caso, cada uno de nosotros conocería, evaluaría y decidiría los
aspectos de su vida desde un horizonte cultural tecnocrático, al que
perteneceríamos estructuralmente, sin poder encontrar jamás un sentido que no
sea producido por nosotros mismos. Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad
tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero cuando el único
criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente el
desarrollo. En efecto, el verdadero desarrollo no consiste principalmente en
hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la
técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre,
según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su
ser.(No 70)
Tal como definimos en el anterior numeral una
consigna, valgamos de este numeral para definir la consigna de acción de este
aspecto del desarrollo: “La segunda verdad es que el auténtico desarrollo
del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas
sus dimensiones [16]. Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano
en este mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia, queda
expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del tener; así, la humanidad
pierde la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las
iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre
no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le puede
dar sin más el desarrollo desde fuera. A lo largo de la historia, se ha creído
con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la
humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha
depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas
pudieran conseguir el objetivo deseado de manera automática. En realidad, las instituciones
por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo
vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente
responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión
trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo,
o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la
auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo
demás, sólo el encuentro con Dios permite no «ver siempre en el prójimo
solamente al otro» [17], sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a
descubrir verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del otro
y preocuparse por el otro» [18]. (No 11).
3.4. Educar en la capacidad de donar-se
Durante
mucho tiempo dejamos pasar sin que nos afanara la soledad y la cerrazón del
corazón al otro, gastamos mucho tiempo trabajando la mente y la razón de
nuestros discípulos y no conseguimos el reino anhelado, y ahí está la clave de
todas las crisis, por eso la acción educativa debe orientarse a formar esa
“presencia ignorada de Dios” en el inconciente personal y colectivo tal como
propone Víctor Frankl[5], y es que no cabe otra actitud para nuestro
tiempo que la responsabilidad, así lo deja ver la encíclica cuando plantea: “Una de las pobrezas más hondas que el hombre
puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas,
incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la
dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el rechazo del amor de
Dios, por una tragedia original de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando
ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, un
«extranjero» en un universo que se ha formado por casualidad”. (No 53 Tampoco se trata de un desarrollo a merced
de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de
una autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por
nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia
conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su propio «yo» sobre
la base de un «sí mismo» que nos ha sido dado. No sólo las demás personas se
nos presentan como no disponibles, sino también nosotros para nosotros mismos.
El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única
creadora de sí misma.(No 68.).
El momento es clave, es un tiempo de crisis y por
tanto potencialmente de oportunidad, pero significativo para la ética, y aunque
el texto hable de nuevas reglas hemos de entender que se propone una nueva
dinámica de enfrentar la vida. “Nos preocupa justamente la complejidad y
gravedad de la situación económica actual, pero hemos de asumir con realismo,
confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situación
de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento
de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis nos
obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas
formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar
las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y
proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en
esta clave, de manera confiada más que resignada.( No 21).
La carta
a jugar no puede ser cualquiera, debe ser la carta de una educación más que
personalizada, más que liberadora, más que evangelizadora, una educación que
responda a la crisis de soledad, llamaríamos la educación integradora: “Una solidaridad más amplia a nivel
internacional se manifiesta ante todo en seguir promoviendo, también en
condiciones de crisis económica, un mayor acceso a la educación que, por otro
lado, es una condición esencial para la eficacia de la cooperación
internacional misma. Con el término «educación» no nos referimos sólo a la
instrucción o a la formación para el trabajo, que son dos causas importantes
para el desarrollo, sino a la formación completa de la persona”. (No 61)
Esa
educación integradora que proponemos tiene como finalidad reencausar y corregir
la conciencia que el sistema social capitalista nos ha impuesto: la conciencia
del deber, pues de hecho y gracias al desarrollo social hemos alcanzado la
conciencia de ser sujetos de derechos pero no hemos despertado a la conciencia
del deber, de ahí que la nueva educación debe proponerse centralmente la
formación de la conciencia del otro: «La
solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un
deber». [105] En la actualidad, muchos pretenden pensar que no deben nada a
nadie, si no es a sí mismos. Piensan que sólo son titulares de derechos y con
frecuencia les cuesta madurar en su responsabilidad respecto al desarrollo
integral propio y ajeno. Por ello, es importante urgir una nueva reflexión
sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se
convierten en algo arbitrario [106].(No 43). La vocación es una llamada
que requiere una respuesta libre y responsable. El desarrollo humano integral
supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura
puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la
responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjados de
ilusiones» [38] basan siempre sus propias propuestas en la negación de la
dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su
disposición. (No 17).
Focalizada
hacia la planificación o integración total de la persona debe tener conciencia
que el factor más desintegrador y alienador de la conciencia es precisamente el
desarrollo tecnológico y por eso propone ir despacio: “De ahí la necesidad apremiante de una formación para un uso ético y
responsable de la técnica. Conscientes de esta atracción de la técnica sobre el
ser humano, se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no
consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la
llamada del ser, comenzando por nuestro propio ser”.
Y en
últimas a modo de conclusión la propuesta del humanismo con su presupuesto: a
Dios se llega pasando por el Hermano, nadie puede decir que ama a Dios si no lo
mira en su hermano que tiene enfrente. “Sólo
si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar
parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un
pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y
verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un
humanismo cristiano, [157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la
verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad
para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida
entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica
a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de
olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores
obstáculos para el desarrollo.(No 78)
Bogotá
Octubre de 2009.
No hay comentarios:
Publicar un comentario